YO o La Gioconda

Largas colas para entrar en el Louvre. ¿Turistas o amantes del arte? Todos armados con sus smartphones.

 En el museo del Louvre de París es común ver llegar a numerosos grupos de visitantes que se apresuran a su único objetivo. A su paso, normalmente dirigido por un guía, la mayoría de las magníficas obras pasan desapercibidas. Como mucho se hace una breve parada frente a La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix, probablemente, porque recuerda a la portada del álbum de Coldplay Viva la vida. A pesar de eso, el destino está claro. Cientos de señales en paredes y mapas llevan a una sala en la que destacada por focos se encuentra La Gioconda de Leonardo da Vinci.

Una gran multitud se amontona diariamente ante el cuadro del artista italiano con sus smartphones o tablets en las manos. No dudan en rozar lo narcisista al situarse de espaldas a la obra y desplazarla como fondo decorativo para sacarse un selfie junto a ella, como si de un famoso se tratara. Una triste prueba que desenmascara una época basada en las apariencias y en seguir tendencias creadas por otros para ganar likes en Instagram.

 Esa misma escena se repite diariamente alrededor de todo el mundo, selfies junto a La noche estrellada, el Guernica o un juego óptico imitando La creación de Adán son los más populares. Visitar los grandes museos fundamentales –Louvre, MoMa, Met, El Prado– parece ser una experiencia incompleta si no se realiza con el móvil en la mano.

Aunque las imágenes obtenidas pueden encontrarse con una calidad más alta en la propia página web del museo, una fotografía ajena no parece ni siquiera acercarse a la satisfacción del espectador de poder compartir en las redes sociales la prueba de que “yo estuve ahí”. En este siglo hay que tomarse más tiempo en comprobar que la fotografía ha salido bien que en pararse a admirar la obra, observar la estética ya no se lleva.

Antes de ver el arte, se saca la foto. La primera mirada es siempre a través de la pantalla. Quizás ni siquiera la tuya propia, si no en la imagen del Smartphone de otra persona que te tapa la obra original.

El afán por el autorretrato ha terminado para muchos con el verdadero interés de visitar un museo, y para otros se ha convertido en una manera de arruinar su visita. El arte ha sido siempre una experiencia, pero ha llegado a pasar barreras para convertirse en un juego en el que pierde el valor en sí mismo quizá por una sociedad demasiado hedonista.

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